Anteriormente habíamos discutido el aprendizaje de inglés en China como herramienta de desarrollo económico. En ese mismo artículo planteamos que el lenguaje local no debía verse amenazado en el caso de los chinos y en el de los puertorriqueños. Los otros día me topé con una discusión sobre la enseñanza de mandarín en las escuelas estadounidense y encontré curiosos los contrastes entre los dos temas.
Como razón para aprender mandarín hace alusión a los mismos argumentos de competitividad en el mundo global. China con su más de mil millones de habitante necesitará servicios y productos. Aquellos que puedan entonar su leguaje verán los beneficios. Pero la discusión toma un giro distinto al tratarse de los Estados Unidos. Ya no se escribe de una historia de perseverancia, como en China, al ser el aprender inglés para ellos tan difícil como aprender mandarín para nosotros. Se trata de un debate sobre la resistencia estadounidense a aprender nuevos idiomas.
Varios de los ensayos apuntan a cómo a diferencia de los europeos los estadounidenses no hablan ni el idioma de sus vecinos. Sólo 9% de ellos hablan un idioma extranjero, comparado con el 44% de los europeos. El debate histórico de esta resistencia es también muy interesante. El ensayo de Marcelo y Carola Suárez-Orozco escriben del doble discurso en la educación donde se le alienta a los estudiantes de clase media a conocer nuevos idiomas, mientras a la vez se le requiere a los “nuevos americanos” el no mantener su diversidad lingüística.
Dejando a un lado el tema político, ¿es justificable el miedo puertorriqueño a la enseñanza del inglés, su asociación con la asimilación cultural? Parecería que sí, no sólo tenemos nuestra historia como prueba. Dicen los Suárez-Orozco:
For over a century the United States has maintained an implacable regime of compulsive monolingualism — as famously quipped by a sociologist, the “U.S. is a cemetery for languages.” The great immigrant languages of yesteryear such as German, Italian and Japanese now R.I.P. in American soil.
Pero a diferencia de los inmigrantes en los Estados Unidos, nosotros no tenemos esa presión. Como escribía anteriormente, el español es nuestra vida.
Entonces se amplía el debate. Como ya ustedes habían comentado, también es necesario que los puertorriqueños aprendamos otros idiomas además del inglés. Pero con la aversión y fracaso de la enseñanza de inglés, el idioma de nuestros vecinos del norte, que nos garantiza que seamos exitosos en enseñar, portugués y francés, los idiomas de nuestros vecinos más cercanos.
Volvemos entonces a las ganas que tengamos por superarnos. Los chinos lo gritan a todo pulmón; quieren aprender inglés como un asunto de orgullo para sus familias, su nación y para con ellos mismos. Nosotros, ¿qué queremos para nuestras familias, para Puerto Rico y para nosotros mismos?




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